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Cardenal Trabajará con Inmigrantes en su Jubilación

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APOYANDO a ONCE MILLONES
Dando la Bienvenida a Los Extranjeros en Medio de Nosotros

Cardenal Rogelio M. Mahony, Arzobispo de Los Angeles

16 de enero de 2011 - Al acercarme a mi jubilación formal en unas pocas semanas, mucha gente me ha preguntado qué pienso hacer al retirarme de mi cargo.  Como mis raíces y la mayoría de mi tiempo en el ministerio  han estado en Los Angeles, tengo la intención de quedarme en la ciudad que conozco con la gente que amo.

He pasado el retiro anual de los Obispos a principios de enero orando y reflexionando sobre adónde me está llamando el Señor Jesús a que ponga mi tiempo y mis energías en los próximos meses y años.

Cuando el Arzobispo José Gómez llegue a ser el Arzobispo de Los Angeles en los últimos días de febrero, quedaré libre del exigente trabajo administrativo que es parte del servicio del Arzobispado de la más grande Arquidiócesis del país. Cada día seguiré rezando por la gente de nuestra Arquidiócesis  y por nuestro Arzobispo, quien tendrá todo mi apoyo.

Con menos obligaciones, quiero dar más énfasis a mi ministerio como sacerdote—celebrando la Eucaristía cuando sea necesario, escuchando confesiones,  más tiempo para visitas a los hospitales.

Al reflexionar sobre mis años en el ministerio como sacerdote y obispo, me he dado cuenta de que una gran porción de este ministerio me ha puesto en contacto con muchas poblaciones de inmigrantes, sin importar cómo llegaron a este país.  Mientras crecía en el valle de San Fernando, estuve en contacto con los hombres y mujeres mexicoamericanos que trabajaban  en la planta de mis padres.  Fueron mis amigos.  Durante mis años de seminarista en el Seminario de San Juan en Camarillo, algunos de nosotros pudimos acompañar a los sacerdotes que celebraban Misa en los campos de trabajo de los braceros, los trabajadores temporáneos, la mayoría llegados  de México.

Después de mi ordenación al sacerdocio, estuve de servicio en el valle de San Joaquín y quedé conmovido por la fe, las tradiciones y el compromiso hacia la familia de los innumerables inmigrantes a lo largo del valle—una gran parte de ellos dedicados a la agricultura. Su trabajo y sacrificios eran en condiciones muy duras.  Los esfuerzos de César Chávez para mejorar los salarios y las condiciones laborales de miles de trabajadores del campo en nuestro Estado fue una gran fuente de inspiración.

Después de ser consagrado obispo, mi ministerio continuó con los inmigrantes en las diócesis de Fresno y Stockton.  De nuevo, la fe y el amor de esta gente por la Iglesia me atraían enormente.  Estaban siempre listos para ayudar en lo que fueran necesarios, ya fuera ayudando a otros o prestar ayuda en la parroquia o en la diócesis.

Con mi nombramiento como Arzobispo de Los Angeles en el año 1985, esta relación se dilató a poblaciones del pacífico asiático y a gentes 1de otras partes del mundo, que ahora eran parte de mi ministerio.

En todos estos años he sido llamado y retado constantemente por las palabras de Jesús: “Porque fui un extranjero y me acogieron” (Mateo 25:35), repitiendo el mandamiento de Dios a su pueblo en el Antiguo Testamento.[1]

A través de los años estas poblaciones de inmigrantes han sido muy queridas por mí, y Jesús continúa llamándome a caminar con ellos en su peregrinaje.  Quiero gastar los meses y años que vienen caminando en solidaridad con los once millones de inmigrantes que han venido a los Estados Unidos para mejorar sus propias vidas y la vida de nuestro país y ser un defensor a favor de estos millones sin voz.  De un modo especial miro con gran anticipación colaborar con la Conferencia de los Obispos de Estados Unidos y su Comité sobre Inmigración y Refugiados, cuyo presidente es el próximo Arzobispo de Los Angeles, el Excelentísimo José H. Gómez.

Para muchos inmigrantes en los Estados Unidos la vida no es fácil.  Con la terrible recesión de la economía en los últimos dos años, millones de gente han perdido sus trabajos en cualquier campo de empleo.  Muchos han perdido sus casas y han tenido que hacer grandes sacrificios para poder cuidar de sus familias.  Tantas voces culpan a los inmigrantes por nuestros problemas económicos.  Esto es una gran injusticia que contradice a las claras toda evidencia.

Unos 11.000.000 de nuestros inmigrantes hermanos y hermanas no son comprendidos y son además perjudicados.  Sin documentos legales, su existencia y sus mismas vidas corren gran riesgo.  Viven en las sombras de nuestra sociedad.  Son fácil blanco para culparles de todo lo que ha ido mal y va mal en nuestro país.  Pero un poco de perspectiva histórica ilumina nuestra presente situación y nos da esperanza para el futuro, ayudándonos a ver a los inmigrantes no como “aquella gente”, sino como hermanos y hermanas que viven en nuestras comunidades con los mismos deseos y anhelos de todos los americanos.

Si fuéramos capaces de refrescar nuestra memoria de nación, veríamos que la presencia de inmigrantes—con o sin documentos legales—nunca es un problema cuando el índice de desempleo es bajo y nuestra economía es sólida y crece.  Por ejemplo, en diciembre del año 2000, el índice de desempleo era 3.9%.[2] Eran los años del audaz boom de la tecnología y de la construcción, y había necesidad de cada uno para llenar los puestos de trabajo.  Pero después del colapso financiero  y de las viviendas a principios del 2008, el índice de desempleo ha crecido hasta llegar al 9,8% en diciembre del 2010.  Cuando la economía mejore, mejorará gradualmente también la necesidad de trabajadores.

Me siento animado al contemplar ayudar a estos millones de silenciados en medio de nosotros.  Una revisión de los mayores sondeos de opinión desde el año 2007 muestra la razón de mi optimismo: una mayoría de la gente preguntada creen que nuestras fronteras tienen que estar más seguras y que se debe controlar la inmigración ilegal.  Pero los mismos sondeos de opinión revelan que una mayoría de los preguntados (63% en un sondeo, 81% en otro) están abiertos a estructurar un camino hacia una ciudadanía meritada para aquellos que estén en nuestro país sin papeles, que no tengan antecedentes penales, que paguen las multas y tengan puestos de trabajo.[3]

Estos porcentajes tan altos me dicen que nuestro evangelio católico y el espíritu americano todavía están vivos entre nosotros.  Me sospecho que muchos sentimientos  e impresiones anti inmigrantes nacen de la frustración ante la imposibilidad, o la falta de motivación, de poder arreglar nuestro sistema descompuesto de inmigración.  Hay en internet tres lugares que son muy útiles para profundizar en toda la temática relacionada con la inmigración: The Justice for Immigrants, una organización patrocinada por la Iglesia;  The Faces of Immigrants, patrocinado por nuestra Arquidiócesis; y  The Migration Policy Institute.[4]

Me gustaría concentrarme en lo positivo y quisiera apoyar que todos nosotros lleguemos a conocer de un modo más personal a nuestros vecinos inmigrantes. Descubriremos que lo que ellos más valoran, es lo que nosotros más valoramos, y que están aquí para enriquecer, no disminuir, nuestro país.  Cada vez que ponemos un rostro humano a un inmigrante, se empiezan a disolver todos los prejuicios  y preconcepciones generalizadas.

Cuando los discípulos preguntan al Rey, “¿Cuándo te vimos como un extranjero y te acogimos?”,  Jesús responde: “En verdad les digo, cualquier cosa que ustedes hicieron  con un hermano o hermana mío de esos más humildes, lo hicieron conmigo” (Mateo 25:38,40). Empecemos un diálogo más profundo entre nosotros, prescindiendo de las crueles acusaciones  que han contaminado el debate en estos últimos años.

A lo largo y ancho del país tenemos tantos inmigrantes que son invisibles y extranjeros.  Tengo una gran esperanza de trabajar con nuestra población católica a nivel parroquial para llegar a comprender la invitación de Jesús “a acoger a los inmigrantes en medio de nosotros”.  Pero hay más.  Tenemos que empeñar y comprometer a nuestros líderes y profesionales católicos, a nuestros colegios y universidades católicas, a nuestras organizaciones católicas nacionales, urgiéndoles a que pongan un rostro humano al inmigrante en medio de nosotros y a ayudar a las poblaciones de inmigrantes a que, en medio de sus dificultades, encuentren su justo lugar en nuestra sociedad y se conviertan en participantes activos en nuestras comunidades, en sus puestos de trabajo, pagando sus impuestos, y dando lo mejor de sí mismos por nuestro país.

Cuando me dispongo para una nueva etapa en mi camino de fe, les pido que se unan a mí en la oración y en el apoyo mutuo para poder dar una viva y entera respuesta a la llamada que he oído de Jesús, ¿cuándo me viste a mí, un extranjero, y me acogiste?  Cuando miré a los rostros de los once millones, ¡todos ellos tenían la cara llena de esperanza de Jesucristo!

 

[1] Ver el libro del Éxodo, 22:50, 23:9; y el libro del Levítico, 19:10, 19:33-34, 23:32

[2] PollingReport.Com offers a very comprehensive overview of most polling on immigration issues over the past years: http://www.pollingreport.com/immigration.htm

 

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